viernes, 13 de febrero de 2009

MARÍA

Gime y grita en su
hiperbólica cama,
siempre en desventaja
con el dolor que obsesionado
la visita, fiel,
cada seis horas.
Para calmar los dardos invisibles
necesita un viaje a la infancia
y libar con violencia
una piruleta de morfina.
Cerca no hay tiovivos,
sólo una noria descarrilada
que retuerce los hierros de su cuerpo.
Cuando vuelve en sí
intenta alargar las horas
con algún cigarrillo,
esperando su turno al borde
de la pista de los coches de choque.