Cuando se acaba el otoño entro en barrena. El otoño es la estación más femenina. Si intento buscar palabras que rimen las primeras que me vienen a la cabeza son coño y moño, dos vocablos masculinos en dos voces nada masculinas. Otro de mis libros preferidos lo compré un día entre el verano y el invierno de no sé qué año. Puede que yo tuviera doce. Lo había encargado el profesor de lengua al que apodábamos el cara rajá. Lo del apodo le venía porque a su familia en el pueblo los llamaban los cara rajás. Se lo pusieron otros vecinos que hacían llamarse los rajás porque vivían de puta madre. ¿Por qué le pusieron los cara rajás a sus convecinos? Vaya usted a saber. Nunca se lo preguntamos. ¿tenía la cara rajá? No, ¿entonces? Pues a mear a la vía, que era lo que decía el cara rajá cuando ibas a pedirle permiso para mear. Sólo dejaba ir a tres en la hora de clase y a mí siempre me entraban ganas cuando ya habían ido los tres. Así que un día no pude aguantar y me lo hice encima. ¿Se rieron de mí? Sí ¿Yo me cagué en la puta madre de todos? También. Las ratas de Miguel Delibes, todavía lo tengo, amarillo como el pis de mis pantalones. Me encantó y así empezó mi pasión por los libros. Así decidí que quería ser escritor. Así decidí no seguir estudiando y así decidieron que me pusiera a trabajar. ¿Dónde? En una librería. Pues no, fue vendiendo seguros a puerta fría, que era un término que desconocía hasta que una señora gorda, como un disgusto fuerte, me pilló los dedos con la puerta de su casa. Como no pude gritar, porque el dolor me había cercenado de cuajo las meninges, la puerta se volvió abrir cuando el cerdo de su hijo fue a bajar la basura, media hora después. Bajamos en el mismo ascensor y juro por que se muera otra vez Roberto que me dieron ganas de acuchillarlo con mi Pilot un millón de veces y después descuartizarlo y entregárselo a su puta madre en sobres pequeños durante un año. No lo hice. Aunque durante un mes estuve planeando su muerte y dibujando secuencias en un cuaderno de anillas.
lunes 12 de marzo de 2012
martes 28 de febrero de 2012
Me senté de nuevo y juré que no me levantaría en todo el trayecto, hasta que una anciana muy amable pidió mi colaboración desinteresada para subir una maleta azul tamaño armario empotrado a la parte superior de su asiento, al otro lado del pasillo. Intenté convencerla de que era mejor dejar su equipaje en el maletero de entrada del vagón, porque era más cómodo para ella y en definitiva para mí. Con una sonrisa falsa me dijo que no, que siempre la había puesto ahí arriba, que su marido, que en paz descanse, añadió, así lo hacía. Pues que su marido resucite y coloque su jodida maleta. Ese fue mi pensamiento segundos antes de cogerla y, aguantando la respiración, colocarla. Me dio las gracias y se sentó a leer la revista Semana. Yo me sujeté la hernia inguinal, me cagué un par de veces en la anciana y me puse a leer Pálido fuego de Nabokob.
En la séptima página me dormí. No es que fuera aburrido, es que me venció el sueño gracias al traqueteo soporífero y al calor de la calefacción.
Soñé que Marisa incendiaba la iglesia y que después se reía en mitad de la calle a carcajada limpia. Levantaba un cartel hecho a mano, que me sorprendió porque siempre había pensado que el demonio tenía más presupuesto, donde decía que el tiempo se acababa. La calle estaba vacía en un primer momento hasta que ella se desnudaba, en sueños perdía un montón porque tenía una lorza horrible, y entonces empezaba a salir gente de una especie de puerta de ultratumba que giraba como las de un hotel y supuraba un humo discotequero. El primero en salir fue Federico García Lorca, o eso me pareció. Llevaba un traje blanco y se peinaba hacia atrás. Luego salió un señor que decía que él ponía siempre las maletas en la parte superior del vagón. Unos segundos después y por orden de aparición salieron: Una señora pequeña, enjuta, que decía llamarse Teresa a secas, un tío imitando al Che Guevara y el Che Guevara detrás de él descojonado de la risa y fumando un puro, Karl Marx y Groucho Marx, Juana la Loca agarrada del brazo de Cantinflas, Harol Lloyd y Baster Kiton disfrazados del gordo y el flaco, Vicente Alexandre con una estatuilla en una mano y en la otra cogiendo la mano de Óscar Wilde, Un enano torero, dos encofradores, Javier Marías diciéndole algo al oído a Arturo Pérez Reverte, un minero con la linterna encendida, Manuel Azaña, J. Figerald Kennedy, Martin Luter King, Ivand Lendel y Rafael Farina comentando asuntos menores, tres ferrallas, dos ancianas republicanas ondeando sus banderas, catorce prostitutas bellísimas, un indio siux, otro azteca, un judío abrazado a un palestino, dos ruandeses de distinto tamaño, Baudelaire pasándole una botella de absenta a Heminwey, Leonardo da Vinci en bicicleta y tras él, esprintando, Akenatón y más atrás, a dos ruedas, Galileo, un pintor de brocha gorda, Gandhi, que parecía mucho más atlético, seiscientos parados de distintas profesiones bailando al son de la guitarra de Elvis y por último con un andar pegajoso y cansino Superman.
Marisa seguía gritando soflamas contra todo y los demás se sumaron a la manifestación. Uno de los ferrallas no dejaba de mirarle los pezones, que estaban duros como piedras. Libertad, muerte a las religiones, gritaba. Los manifestantes secundaban la proclama. La iglesia dejó de arder. No había sufrido ningún daño. De entre el público salió David Coperfield saludando y se llevó, en agradecimiento, un sonoro y cerrado aplauso de los presentes. Desde dentro de la iglesia una voz le dijo a Marisa que se vistiera y ésta contestó irguiendo su dedo corazón de la mano derecha, después el minero, o Heminwey, en un perfecto castellano dijo que no se vestía porque no le salía del coño. A esto le siguió una estruendosa ovación y en medio de tanto júbilo el indio azteca, sin querer, le clavó el culo de una flecha a Rafael Farina en un ojo. Teresa a secas se lo curó sin despeinarse. Una figura humana o algo parecido salió de la puerta de la iglesia y anduvo un par de metros. Iba vestido de blanco y llevaba unos zapatos rojos monísimos de Prada. Infieles, dijo, Dios os está mirando desde un lugar más alto que el cielo y juzgará lo que estáis haciendo. No puedo asegurar, porque era un sueño, quién de los manifestantes gritó: ¡Vete a cagar a la vía, payaso! Posiblemente uno de los seiscientos parados o una de las catorce bellísimas prostitutas. Otro Fuck you retumbó muy fuerte seguido de un jódete.
- Venís de parte de Satanás y yo os digo que nunca el ángel caído será más grande que el Señor.- Entonces unos cuantos generales, entre ellos algunos dictadores reconocibles de varios países, salieron con mangueras y rociaron de agua bendita a los manifestantes. Éstos, angustiados porque hacía mucho calor, se pusieron a bailar sin contemplaciones, a corear It´s fun to stay at the y.m.c.a de los Village People, incluso el ferralla, muy animado, quiso tocarle una teta a Marisa y el ruandés más alto, en un alarde de exquisita educación, le dijo que si volvía a intentarlo le amputaría la mano, el ferralla pidió disculpas y le dijo en inglés no problem. Viendo que el agua bendita no les hacía nada, más bien sofocar el calor que estaban pasando, los generales se adelantaron colocando un cañón en la escalera. Era el cañón tigre, famoso por arrancarle el brazo al almirante Horatio Nelson.. Los manifestantes seguían a lo suyo tarareando en inglés : y.m.c.a hasta que Marisa se dio cuenta y puso su piel desnuda en la boca del cañón. El lugar se quedó en silencio. Uno de los generales se dirigió a la muchedumbre con un megáfono: Dispérsense o dispararemos. Por el acento nasal, como de nodo, parecía español o latinoamericano. Si se marchan ahora todo quedará en agua de borrascas. El minero se adelantó y dijo: En agua de borrajas, inculto. Entonces el general disparó. Como era un sueño, imagino, el cañón no tenía mecha ni oído sino un gatillo curvo del tamaño de la manija de una nevera. No se movió nadie. Un ruido ensordecedor lo cubrió todo de humo. Cuando éste se retiró los manifestantes seguían de pie y atónitos al observar cómo la carga había explotado en dirección contraria. El cañón se había desplazado hacia atrás tres o cuatro metros y el general yacía debajo de él. Los otros militares estaban despanzurrados, unos sobre los otros. Había tal confusión de cuerpos que se entremezclaba una pierna chilena con un tronco africano, un pie argentino con un cuello cubano, un bigote alemán en una calva italiana y así hasta el infinito de la carne. Ahora sí ardía la iglesia, se había convertido en un auténtico infierno. Marisa se giró y me pareció bellísima. Era un demonio hermoso despertándome en Peñaranda de Bracamonte.
Abrí los ojos y vi el cartel de la estación. Como si el nombre del pueblo fuera un potente anestésico volví a quedarme dormido.
En la séptima página me dormí. No es que fuera aburrido, es que me venció el sueño gracias al traqueteo soporífero y al calor de la calefacción.
Soñé que Marisa incendiaba la iglesia y que después se reía en mitad de la calle a carcajada limpia. Levantaba un cartel hecho a mano, que me sorprendió porque siempre había pensado que el demonio tenía más presupuesto, donde decía que el tiempo se acababa. La calle estaba vacía en un primer momento hasta que ella se desnudaba, en sueños perdía un montón porque tenía una lorza horrible, y entonces empezaba a salir gente de una especie de puerta de ultratumba que giraba como las de un hotel y supuraba un humo discotequero. El primero en salir fue Federico García Lorca, o eso me pareció. Llevaba un traje blanco y se peinaba hacia atrás. Luego salió un señor que decía que él ponía siempre las maletas en la parte superior del vagón. Unos segundos después y por orden de aparición salieron: Una señora pequeña, enjuta, que decía llamarse Teresa a secas, un tío imitando al Che Guevara y el Che Guevara detrás de él descojonado de la risa y fumando un puro, Karl Marx y Groucho Marx, Juana la Loca agarrada del brazo de Cantinflas, Harol Lloyd y Baster Kiton disfrazados del gordo y el flaco, Vicente Alexandre con una estatuilla en una mano y en la otra cogiendo la mano de Óscar Wilde, Un enano torero, dos encofradores, Javier Marías diciéndole algo al oído a Arturo Pérez Reverte, un minero con la linterna encendida, Manuel Azaña, J. Figerald Kennedy, Martin Luter King, Ivand Lendel y Rafael Farina comentando asuntos menores, tres ferrallas, dos ancianas republicanas ondeando sus banderas, catorce prostitutas bellísimas, un indio siux, otro azteca, un judío abrazado a un palestino, dos ruandeses de distinto tamaño, Baudelaire pasándole una botella de absenta a Heminwey, Leonardo da Vinci en bicicleta y tras él, esprintando, Akenatón y más atrás, a dos ruedas, Galileo, un pintor de brocha gorda, Gandhi, que parecía mucho más atlético, seiscientos parados de distintas profesiones bailando al son de la guitarra de Elvis y por último con un andar pegajoso y cansino Superman.
Marisa seguía gritando soflamas contra todo y los demás se sumaron a la manifestación. Uno de los ferrallas no dejaba de mirarle los pezones, que estaban duros como piedras. Libertad, muerte a las religiones, gritaba. Los manifestantes secundaban la proclama. La iglesia dejó de arder. No había sufrido ningún daño. De entre el público salió David Coperfield saludando y se llevó, en agradecimiento, un sonoro y cerrado aplauso de los presentes. Desde dentro de la iglesia una voz le dijo a Marisa que se vistiera y ésta contestó irguiendo su dedo corazón de la mano derecha, después el minero, o Heminwey, en un perfecto castellano dijo que no se vestía porque no le salía del coño. A esto le siguió una estruendosa ovación y en medio de tanto júbilo el indio azteca, sin querer, le clavó el culo de una flecha a Rafael Farina en un ojo. Teresa a secas se lo curó sin despeinarse. Una figura humana o algo parecido salió de la puerta de la iglesia y anduvo un par de metros. Iba vestido de blanco y llevaba unos zapatos rojos monísimos de Prada. Infieles, dijo, Dios os está mirando desde un lugar más alto que el cielo y juzgará lo que estáis haciendo. No puedo asegurar, porque era un sueño, quién de los manifestantes gritó: ¡Vete a cagar a la vía, payaso! Posiblemente uno de los seiscientos parados o una de las catorce bellísimas prostitutas. Otro Fuck you retumbó muy fuerte seguido de un jódete.
- Venís de parte de Satanás y yo os digo que nunca el ángel caído será más grande que el Señor.- Entonces unos cuantos generales, entre ellos algunos dictadores reconocibles de varios países, salieron con mangueras y rociaron de agua bendita a los manifestantes. Éstos, angustiados porque hacía mucho calor, se pusieron a bailar sin contemplaciones, a corear It´s fun to stay at the y.m.c.a de los Village People, incluso el ferralla, muy animado, quiso tocarle una teta a Marisa y el ruandés más alto, en un alarde de exquisita educación, le dijo que si volvía a intentarlo le amputaría la mano, el ferralla pidió disculpas y le dijo en inglés no problem. Viendo que el agua bendita no les hacía nada, más bien sofocar el calor que estaban pasando, los generales se adelantaron colocando un cañón en la escalera. Era el cañón tigre, famoso por arrancarle el brazo al almirante Horatio Nelson.. Los manifestantes seguían a lo suyo tarareando en inglés : y.m.c.a hasta que Marisa se dio cuenta y puso su piel desnuda en la boca del cañón. El lugar se quedó en silencio. Uno de los generales se dirigió a la muchedumbre con un megáfono: Dispérsense o dispararemos. Por el acento nasal, como de nodo, parecía español o latinoamericano. Si se marchan ahora todo quedará en agua de borrascas. El minero se adelantó y dijo: En agua de borrajas, inculto. Entonces el general disparó. Como era un sueño, imagino, el cañón no tenía mecha ni oído sino un gatillo curvo del tamaño de la manija de una nevera. No se movió nadie. Un ruido ensordecedor lo cubrió todo de humo. Cuando éste se retiró los manifestantes seguían de pie y atónitos al observar cómo la carga había explotado en dirección contraria. El cañón se había desplazado hacia atrás tres o cuatro metros y el general yacía debajo de él. Los otros militares estaban despanzurrados, unos sobre los otros. Había tal confusión de cuerpos que se entremezclaba una pierna chilena con un tronco africano, un pie argentino con un cuello cubano, un bigote alemán en una calva italiana y así hasta el infinito de la carne. Ahora sí ardía la iglesia, se había convertido en un auténtico infierno. Marisa se giró y me pareció bellísima. Era un demonio hermoso despertándome en Peñaranda de Bracamonte.
Abrí los ojos y vi el cartel de la estación. Como si el nombre del pueblo fuera un potente anestésico volví a quedarme dormido.
sábado 18 de febrero de 2012
No sé hacia dónde va esto
La librería tiene seis plantas contando el sótano, donde está el almacén. El dueño no ha pasado por aquí en la vida, sé quién es por la prensa y la televisión. A cargo de la tienda hay un director, un subdirector y cinco jefes, a cual más inútil. Después estamos nosotros, treinta empleados que vendemos, limpiamos y colocamos libros en el almacén. Allí podía haber más de cien mil libros perfectamente colocados. Tengo que decir que conozco a la perfección cada rincón de pared, cada centímetro de chapa de sus estanterías. Visualizo al milímetro el grosor del libro que llega con el hueco libro que queda. Es una virtud que nació mientras hacia el servicio militar y gastaba las horas jugando al tetris en la cantina del cuartel. También sé qué formato
de libro me va a arañar la piel y qué parte del filo de las baldas me cortará, aunque después de tanto tiempo en esta tienda los peores arañazos y cortes los tengo... Conozco los libros, los de pasta dura y pasta blanda, los de bolsillo y gran formato, las novedades y los de saldo, los que pesan y no pesan, los que se pueden y se dejan leer y los que no se pueden leer aunque se dejen.
No he subido al botiquín todavía, a pesar de haber padecido varias enfermedades: anemia de Fanconi, hemiatrofia facial, paludismo, tres tumores distintos, pulmón cerebro y rodilla y dos infartos de miocardio. Los infartos se pasaron rápido porque siempre tenía a mano una aspirina. Peor fue lo del tumor cerebral, me pasaba las horas declamando un trabalenguas para observar su crecimiento: “Pablito clavó un clavito, qué clavito clavó Pablito” También he sufrido accidentes, producto de mi actitud ante los volúmenes que entraban los martes y se devolvían los jueves de esa misma semana. Una vez se me cayó desde la última estantería, unos tres metros, Olvidado Rey Gudú de Ana María Matute. Un libro de pasta dura, compacto y bien encuadernado que pesaba, al menos, un kilo. Los libros nunca se caen de plano y éste no iba a ser menos. En el mismo instante de impactar con el canto negro sobre mi dedo gordo del pie derecho estaba colocando la Ilíada entre la Odisea y los Nueve Libros de la Historia, de Herodoto. Al cortárseme la respiración se me giraron los ojos trescientos sesenta grados y noté cómo el nervio óptico, de ambos, se transformaba en una rasta diminuta. Pensé que iba a morir y después me acordé de los padres de Ana María Matute y de por qué había escrito aquel pedazo de novelón enladrillado con lo bien que escribía cuentos de diez páginas. Mientras pensaba el dedo gordo conquistaba cada rincón de mi zapato y un dolor horrible y marrullero recorría mi cabeza. Creo que me desvanecí y me desmaye, o no.
Otro de los accidentes se produjo cuando me atropellé a mí mismo con un carro de la compra. Es difícil de explicar pero ocurrió. Aquella mañana habíamos recibidos dos palés de mercancía. Después de pelarlos, las editoriales suelen mandar los libros en cajas y a su vez retractilados con violencia, y colocarlos en sus respectivos muebles, por editorial y orden alfabético del autor, llené un carro con los ejemplares sobrantes que parecía una obra faraónica del Exin Castillos. Me dirigía al montacargas para bajarlos al almacén guiando el carro con la mano izquierda mientras sujetaba con la derecha una edición mimada y exquisita de la Metamorfosis de Kafka. Iba absorto leyendo la contraportada: “Una mañana, al despertar de un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se encontró en la cama transformado en un insecto monstruoso…” cuando en un segundo el carro viró hacia la derecha. Las ruedas de los carros metálicos de las tiendas tienen un sistema robotizado que hace girar las ruedas a la derecha o a la izquierda según se le ponga en los cojones. La mala suerte empujó hacia las escaleras mecánicas de bajada, entonces solté el libro de la cucaracha humana, que en ese momento no me pareció una de las ficciones más célebres de la literatura del siglo XX. Con la mano izquierda libre mantuve con fuerza la parte delantera, que ya se inclinaba como la proa del Titanic, pero no podía detenerlo así que intenté frenarlo con el pie. Craso error porque me quedé enganchado en las varillas delanteras. Entonces el carro se inclinó más todavía y se quedó sobre mí cayendo al infinito de la planta de abajo. Fueron cuatro segundos angustiosos golpeándome la cabeza con los escalones estriados y cayendo libros a diestro y siniestro. Al llegar a nuestro destino el carro me pasó por encima y una de las ruedas traseras me recorrió el cuerpo dejándome vía y andén en toda la anatomía. No me desmayé ni sangré pero me dolía mucho el susto. En el suelo, una alfombra de libros parecían reírse de mí y dentro del carro tres libros suspiraban de alivio: La Máquina de follar, de Bukowski; Corazón Tan Blanco, de Javier Marías y Carrie, de Stephen King. Ese mismo día, al acabar mi turno, compré los tres libros. En aquel momento pensé que el azar era más certero que muchos críticos literarios.
de libro me va a arañar la piel y qué parte del filo de las baldas me cortará, aunque después de tanto tiempo en esta tienda los peores arañazos y cortes los tengo... Conozco los libros, los de pasta dura y pasta blanda, los de bolsillo y gran formato, las novedades y los de saldo, los que pesan y no pesan, los que se pueden y se dejan leer y los que no se pueden leer aunque se dejen.
No he subido al botiquín todavía, a pesar de haber padecido varias enfermedades: anemia de Fanconi, hemiatrofia facial, paludismo, tres tumores distintos, pulmón cerebro y rodilla y dos infartos de miocardio. Los infartos se pasaron rápido porque siempre tenía a mano una aspirina. Peor fue lo del tumor cerebral, me pasaba las horas declamando un trabalenguas para observar su crecimiento: “Pablito clavó un clavito, qué clavito clavó Pablito” También he sufrido accidentes, producto de mi actitud ante los volúmenes que entraban los martes y se devolvían los jueves de esa misma semana. Una vez se me cayó desde la última estantería, unos tres metros, Olvidado Rey Gudú de Ana María Matute. Un libro de pasta dura, compacto y bien encuadernado que pesaba, al menos, un kilo. Los libros nunca se caen de plano y éste no iba a ser menos. En el mismo instante de impactar con el canto negro sobre mi dedo gordo del pie derecho estaba colocando la Ilíada entre la Odisea y los Nueve Libros de la Historia, de Herodoto. Al cortárseme la respiración se me giraron los ojos trescientos sesenta grados y noté cómo el nervio óptico, de ambos, se transformaba en una rasta diminuta. Pensé que iba a morir y después me acordé de los padres de Ana María Matute y de por qué había escrito aquel pedazo de novelón enladrillado con lo bien que escribía cuentos de diez páginas. Mientras pensaba el dedo gordo conquistaba cada rincón de mi zapato y un dolor horrible y marrullero recorría mi cabeza. Creo que me desvanecí y me desmaye, o no.
Otro de los accidentes se produjo cuando me atropellé a mí mismo con un carro de la compra. Es difícil de explicar pero ocurrió. Aquella mañana habíamos recibidos dos palés de mercancía. Después de pelarlos, las editoriales suelen mandar los libros en cajas y a su vez retractilados con violencia, y colocarlos en sus respectivos muebles, por editorial y orden alfabético del autor, llené un carro con los ejemplares sobrantes que parecía una obra faraónica del Exin Castillos. Me dirigía al montacargas para bajarlos al almacén guiando el carro con la mano izquierda mientras sujetaba con la derecha una edición mimada y exquisita de la Metamorfosis de Kafka. Iba absorto leyendo la contraportada: “Una mañana, al despertar de un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se encontró en la cama transformado en un insecto monstruoso…” cuando en un segundo el carro viró hacia la derecha. Las ruedas de los carros metálicos de las tiendas tienen un sistema robotizado que hace girar las ruedas a la derecha o a la izquierda según se le ponga en los cojones. La mala suerte empujó hacia las escaleras mecánicas de bajada, entonces solté el libro de la cucaracha humana, que en ese momento no me pareció una de las ficciones más célebres de la literatura del siglo XX. Con la mano izquierda libre mantuve con fuerza la parte delantera, que ya se inclinaba como la proa del Titanic, pero no podía detenerlo así que intenté frenarlo con el pie. Craso error porque me quedé enganchado en las varillas delanteras. Entonces el carro se inclinó más todavía y se quedó sobre mí cayendo al infinito de la planta de abajo. Fueron cuatro segundos angustiosos golpeándome la cabeza con los escalones estriados y cayendo libros a diestro y siniestro. Al llegar a nuestro destino el carro me pasó por encima y una de las ruedas traseras me recorrió el cuerpo dejándome vía y andén en toda la anatomía. No me desmayé ni sangré pero me dolía mucho el susto. En el suelo, una alfombra de libros parecían reírse de mí y dentro del carro tres libros suspiraban de alivio: La Máquina de follar, de Bukowski; Corazón Tan Blanco, de Javier Marías y Carrie, de Stephen King. Ese mismo día, al acabar mi turno, compré los tres libros. En aquel momento pensé que el azar era más certero que muchos críticos literarios.
lunes 13 de febrero de 2012
¿Podría ser el principio de la historia? Decidme
Siempre me levanto de muy mala gana y apoyo el pie izquierdo a sabiendas de la mala suerte que trae. Eso dicen los entendidos en gilipolleces. Que los hay por todas partes, sólo hay que conectar la radio o la televisión a cualquier hora del día. Voy hacia el baño golpeándome con todo lo que tiene esquinas, no venden cosas romas, es una forma de recordarte la compra, publicidad encubierta, hematomas. Me ducho. La alcachofa está rota desde hace años pero no la cambio porque no sé y soy un vago para las cosas de casa. Mojo el suelo, la ventana, el papel higiénico, que después me da un poco de dentera tocarlo. Nunca me afeito igual. Un día empiezo por la garganta y otro por la patilla izquierda. Una vez se lo dije al médico y me recetó bucofaríngeos, todavía hoy me pregunto porqué. Odio ponerme el traje. Como nunca me seco bien, la camisa se me pega y me doy asco. Pero sucumbo porque siempre me levanto tarde. La corbata es el remate. No desayuno. Prefiero el ardor de estómago a las diez de la mañana. Salgo de casa con la hora pegada al culo. El ascensor siempre está ocupado. Me encanta tener taquicardias, sino no entiendo por qué no me levanto diez minutos antes. Si me tengo que llevar el coche me agobia todo y si tengo que ir en metro también. De cualquier forma odio a la gente, mejor dicho le tengo fobia. Sobre todo a la gente de la mañana. La gente de la tarde, aún siendo la misma, es otra. Por la tarde después de trabajar todo el mundo está derrotado y no tiene ganas de nada. Es probable que ni te insulten conduciendo o que nadie te mire ni te hable en el metro. A mí me molesta que me hablen. Por eso si puedo siempre voy en coche aunque llegue tarde y me coma un atasco de una hora. Fumo, pienso y a las horas en punto pongo el informativo. Casi siempre la cadena SER. No es mucho mejor que las demás pero hay una voz que me hace sentir bien, además es una voz masculina y eso me preocupa. Pienso en la homosexualidad tanto como en la muerte y sin embargo me encantan las mujeres y estoy vivo.
Me molesta mucho que me hablen en el metro o en el autobús pero lo que más me jode es conocer a alguien y ver cómo se acerca apretándose con todo el mundo para acabar poniéndose a mi lado y hablarme. Siempre voy leyendo. En el coche no, pero no me importaría. Leo mucho, quiero decir que soy un lector empedernido. A veces obsesivo. Si me gusta un autor me compro todos sus libros. Me pasó hace años con Bukowsky. Posiblemente no sea un escritor excelente pero me pareció original y sobre todo me interesó su vida. Un tipo que trabaja en correos, escribe, bebe y folla y se gasta la pasta en las carreras de caballos… Cuanto menos era un tipo raro. Imagino que tiene sus detractores pero a mí esos me importan una mierda. Me gusta el mundo del libro. De hecho trabajo en una librería. En realidad yo quería ser escritor. Quería escribir y trabajar en casa leyendo, documentándome y todas esas cosas. Una vez fui al médico y se lo conté. Estuvo un rato en silencio y después sacó la libreta de recetas. Le dije que no me diera bucofaríngeos y me contestó, sin mirarme, que el médico era él. Tomé Lexatín dos días y no se me quitaron las ganas de escribir. Creo que voy demasiadas veces al médico, sobre todo al de la empresa. Tengo una sociedad privada y no la utilizo. Creo que es por miedo a que me detecten cualquier tipo de cáncer o enfermedad rara. Allí tienen aparatos mucho más sofisticados que en el botiquín del trabajo. Me aterroriza pensar en eso. Pero lo pienso muy a menudo. Tampoco leo libros de filosofía. Hace tiempo sí. Leí muchos y muy rápido y creo que por eso me subió el colesterol y los triglicéridos. La filosofía te crea un estado de ansiedad terrible que acaba derivando en un estrés incontrolable. Al final te dispara todas las cifras de los análisis. Eso me pasó con dos libros que leí seguidos de dos autores contemporáneos, uno de Fernando S. y otro de R. Marcos. Con los clásicos no se disparaban tanto mis niveles. Otra época me dio por los libros de autoayuda para frenar mi ansia por la filosofía ilustrada. Eso fue peor todavía. ¿Por qué los llaman de autoayuda cuando lo único que hacen es destruirte como persona? Quién, en su sano juicio, puede titular su libro “El caballero de la armadura oxidada” o “Dios vuelve en una Harley” Pero qué cojones nos pasa. Antes en los pueblos no había tantos libros ni se vacunaba a los perros y la gente vivía más y era más feliz. Como mucho, alguien se ofuscaba un día y se liaba a tiros con la mitad del pueblo. Eso eran daños colaterales de la palabra linde pero no más. Ahora te comen la cabeza todo el puto día con la publicidad y con la autoayuda. Como para decírselo a mi médico, autoayuda, con lo arrogante que es. Parece Dios el muy cabrón y no ha leído en su vida un libro que no esté relacionado con las enfermedades. A veces sueño que le meto el vademécum por el culo y no tiene nada que ver con la homosexualidad. Los médicos son una especie muy protegida. Y no hace falta porque ya se protegen ellos contra todos. Son como lobos, salvando la poca distancia. Sólo hay que ver una operación por televisión. No deberíamos ir tanto al médico. Les damos más importancia de la que tienen.Tengo miedo a las enfermedades y me toco muy a menudo, por no decir todos los días. Me palpo la garganta y si noto un bulto, que normalmente es un ganglio, me da el bajón y me entran ganas de escribir un poema a Camilo José Cela, y lloro por dentro, que es como una especie de llanto imbécil que duele un montón porque no revientas y eso te hace, lo leí en un libro de autoayuda, que las células se desesperen y acaben matándose o follando entre ellas.
Me molesta mucho que me hablen en el metro o en el autobús pero lo que más me jode es conocer a alguien y ver cómo se acerca apretándose con todo el mundo para acabar poniéndose a mi lado y hablarme. Siempre voy leyendo. En el coche no, pero no me importaría. Leo mucho, quiero decir que soy un lector empedernido. A veces obsesivo. Si me gusta un autor me compro todos sus libros. Me pasó hace años con Bukowsky. Posiblemente no sea un escritor excelente pero me pareció original y sobre todo me interesó su vida. Un tipo que trabaja en correos, escribe, bebe y folla y se gasta la pasta en las carreras de caballos… Cuanto menos era un tipo raro. Imagino que tiene sus detractores pero a mí esos me importan una mierda. Me gusta el mundo del libro. De hecho trabajo en una librería. En realidad yo quería ser escritor. Quería escribir y trabajar en casa leyendo, documentándome y todas esas cosas. Una vez fui al médico y se lo conté. Estuvo un rato en silencio y después sacó la libreta de recetas. Le dije que no me diera bucofaríngeos y me contestó, sin mirarme, que el médico era él. Tomé Lexatín dos días y no se me quitaron las ganas de escribir. Creo que voy demasiadas veces al médico, sobre todo al de la empresa. Tengo una sociedad privada y no la utilizo. Creo que es por miedo a que me detecten cualquier tipo de cáncer o enfermedad rara. Allí tienen aparatos mucho más sofisticados que en el botiquín del trabajo. Me aterroriza pensar en eso. Pero lo pienso muy a menudo. Tampoco leo libros de filosofía. Hace tiempo sí. Leí muchos y muy rápido y creo que por eso me subió el colesterol y los triglicéridos. La filosofía te crea un estado de ansiedad terrible que acaba derivando en un estrés incontrolable. Al final te dispara todas las cifras de los análisis. Eso me pasó con dos libros que leí seguidos de dos autores contemporáneos, uno de Fernando S. y otro de R. Marcos. Con los clásicos no se disparaban tanto mis niveles. Otra época me dio por los libros de autoayuda para frenar mi ansia por la filosofía ilustrada. Eso fue peor todavía. ¿Por qué los llaman de autoayuda cuando lo único que hacen es destruirte como persona? Quién, en su sano juicio, puede titular su libro “El caballero de la armadura oxidada” o “Dios vuelve en una Harley” Pero qué cojones nos pasa. Antes en los pueblos no había tantos libros ni se vacunaba a los perros y la gente vivía más y era más feliz. Como mucho, alguien se ofuscaba un día y se liaba a tiros con la mitad del pueblo. Eso eran daños colaterales de la palabra linde pero no más. Ahora te comen la cabeza todo el puto día con la publicidad y con la autoayuda. Como para decírselo a mi médico, autoayuda, con lo arrogante que es. Parece Dios el muy cabrón y no ha leído en su vida un libro que no esté relacionado con las enfermedades. A veces sueño que le meto el vademécum por el culo y no tiene nada que ver con la homosexualidad. Los médicos son una especie muy protegida. Y no hace falta porque ya se protegen ellos contra todos. Son como lobos, salvando la poca distancia. Sólo hay que ver una operación por televisión. No deberíamos ir tanto al médico. Les damos más importancia de la que tienen.Tengo miedo a las enfermedades y me toco muy a menudo, por no decir todos los días. Me palpo la garganta y si noto un bulto, que normalmente es un ganglio, me da el bajón y me entran ganas de escribir un poema a Camilo José Cela, y lloro por dentro, que es como una especie de llanto imbécil que duele un montón porque no revientas y eso te hace, lo leí en un libro de autoayuda, que las células se desesperen y acaben matándose o follando entre ellas.
lunes 6 de febrero de 2012
Más trozos...
Mil euros. Una vez cobrados volví a invertirlos inmediatamente. Una parte para pagar a mis padres dinero que les debía, otra para seguir aumentando mi biblioteca, para escaparme yo solo un fin de semana y para invitar a Marisa. Lo último costó un poco más porque yo ya no estaba en la nómina del Vaticano y eso restaba puntos. Era de nuevo un infiel, un hereje. Pero lo del premio podía dar juego. Sólo tenía que armarme de valor y entrar en la perfumería, comprar un perfume caro y dejarme ver. Así fue como lo hice pero siete veces. Siete veces que compré el mismo perfume de hombre al módico precio de sesenta y cuatro euros. Todo sucedió el séptimo día. Dios descansó y yo también, porque Marisa se fijó en mí y yo pude desplegar todo mi armamento y convencerla para que quedara conmigo a tomar un café cuando saliera de trabajar.
Estuvimos dos horas sentados en una terraza del barrio. No paré de hablar y ella no dejó de mirarme ni un solo segundo. Además hice que sonriera al menos un par de veces, cuando le conté que casi había quemado la iglesia y cuando me encendí un cigarro al revés y casi me quemo la cara. Al final, cuando ya me había dicho por vigésima vez que era muy tarde y que se tenía que ir, le cogí de la mano y le dije que era un personaje de un relato que había escrito y que me habían premiado. Entonces se echó hacia atrás soltándose de mi mano y yo le dije que olía a Nenuco y a limpio y que me gustaba mirarla. Que me parecía una mujer preciosa y que valía la pena estar allí aunque me hubiera gastado en perfumes, en menos de un mes, cuatrocientos cuarenta y ocho euros. Cuando se fundieron las palabras nos quedamos en silencio y después de unos segundos ella me preguntó de qué planeta había salido. Al principio no me lo tomé bien. Pensaba que se iba a levantar y además sin pagar. Me quedé en blanco y ella se incorporó y volvió a preguntármelo. No sabía qué contestar. Tenía varias opciones. Podía ser gracioso y cagarla. Podía encogerme de hombros y esperar a que ella dijera algo o podía decirle la verdad, que era del planeta Tierra pero que mi universo era un caos. Me decidí por la última y esperé temeroso algo que no deseaba oír. Entonces ella se colocó el pelo y sin dejar de mirarme cogió uno de mis cigarrillos, lo encendió dando una calada profunda y dijo: No sé de qué planeta eres pero me gustas. Quise llorar y para que no me viera lloré por dentro, aunque aquellas lágrimas enloquecieran mis células y acabaran provocándome, con el tiempo, un cáncer terminal. Estuvimos en silencio hasta que acabó su cigarrillo y después la acompañé hasta su casa. Al llegar al portal me dijo que quería leer ese relato donde ella era la protagonista y que si quería podía ir a buscarla al día siguiente a la perfumería. Yo me animé y le dije que si no le importaba que la abrazara y ella me dijo que no, vamos, que ese día no le apetecía abrazar a nadie y entonces le dije en broma que si no quería un abrazo tampoco querría un beso y ella me dijo que había acertado y entonces quise que la tierra me tragara llevándome hasta Nueva Zelanda de un golpe, pero no fue así y me quedé con cara de gilipollas mientras ella se perdía en su portal, un universo con una elipsis casi perfecta.
Al día siguiente, después de estar todo el día trabajando en mi proyecto de novela, me presenté a las nueve en punto en la perfumería. Me había echado tanto perfume que tenía ganas de vomitar y entre calada y calada me daban cuatro o cinco arcadas. Marisa no salió hasta las nueve y media. Me miró y sólo dijo: vamos a mi casa. No pasó nada. Cuando llegamos me hizo esperar en el salón mientras se duchaba. Luego preparó un par de montados de embutido de pavo y un par de cervezas. Nos los comimos sin decir palabra. Yo pensaba en desnudarme y en hacer el amor encima del sofá, no sin antes lucir el último modelo de calzoncillos Calvin Klein que había comprado para la ocasión. Recogió todo, volvió a sentarse y me pidió que le leyera el cuento. Una vez terminé me dijo que estaba cansada y que quería dormir y que si quería quedarme podía dormir en el sofá. No supe qué decirle. Ella se levantó y se fue a su habitación, yo me levanté y me fui a mi casa. Cuando me desperté por la mañana, sobre las diez, pensé en llamarla a la perfumería pero desistí. En realidad no sabía qué decirle. Ni siquiera sabía si me apetecía preguntarle si le había gustado el cuento. Estaba desconcertado. Una cosa estaba clara, Marisa era rara de cojones y la elipsis de su universo no era tan perfecta. ¿Por qué me había invitado a su casa? El cuento se lo podía haber leído en la terraza de cualquier bar ¿Por qué no me dijo que durmiera con ella? ¿Por qué un montado de pavo? Me fui a la estantería del salón y cogí El Proceso de Kafka. Echado en el sofá no paré hasta acabarlo. Siempre he leído rápido. Después me duché y me palpé los testículos y pensé que no había ningún tumor que frenara mis ansias por volver a estar con Marisa y que me diera una explicación. Así lo hice y a las nueve en punto estaba en la puerta de la perfumería. Esta vez me había puesto menos perfume y libre de arcadas me armé de valor. Como siempre Marisa salió tarde y no se sorprendió al verme caminar dando pequeños saltos para no pisar las líneas que cruzaban la acera. Me saludó y me preguntó si quería tomar algo con ella. Era el momento de darse a valer, o hacerse de rogar, naturalmente me hice el tío duro, puse cara de gánster y dándole una calada al cigarrillo… le dije que sí. Pedimos un par de cañas y durante los siguientes diez minutos no hablamos nada. Ella me miraba fijamente y como no podía sostenerle la mirada lo único que hacía era encender un cigarro tras otro, agachar la cabeza de vez en cuando y mover las piernas como un imbécil. De repente ella me preguntó si quería ir a su casa a follar. Yo estaba bebiendo en ese momento y un tercio de la cerveza que tenía en la boca acabó en su vestido estampado en forma de aspersor, otro tercio pasó directamente a mi pulmón derecho y el otro tercio me salió por la nariz en forma de espuma. Cuando volví a la vida le dije que sí, pero sonó muy apagado, como un hilo. Había estado a punto de ahogarme con una mierda de cerveza y mi voz salía de algún lugar no localizado. Aún así me recompuse y antes de decirle que sí y que lo oyera, porque lo deseaba con todas mis fuerzas, le pregunté si le había gustado el cuento. Se quedó en silencio unos segundos y mirándome un poco raro movió la cabeza de arriba a abajo. Después matizó. Mucho. Entonces le dije que sí. Ni cenamos ni bebimos nada. Fuimos a su habitación directamente. A oscuras nos desnudamos como si fuéramos un matrimonio a punto de extinguirse y nos metimos en la cama. Me besó dos veces y se colocó encima de mí. Luego me susurró al oído una frase ininteligible y comenzó a moverse despacio. Luego más deprisa, luego más despacio. Yo, mientras, pensaba en Hiroshima, en el mundial celebrado en España en el año ochenta y dos, no pasamos de octavos, en mi abuelo Lucas con su bañador de cuadros, chanclas, calcetines negros y su camiseta blanca de tirantes. Marisa empezó a gritar y a tirarme de los cuatro pelos que tenía en el pecho. Me dolió mucho aunque sirvió para que abandonara mis pensamientos tristes, hasta que al final empezó a blasfemar con los ojos en blanco. Me asusté y recordé la película Corazón de Ángel, donde Mickey Rourke hacía de detective. De repente frenó en seco. Se echó sobre la cama y me dijo que tenía que marcharme. Me vestí a oscuras y me largué pensando que Lucifer me había dado otra oportunidad. Nunca más volví a verla. Y cuando pasaba cerca de la perfumería un escalofrío me recorría el cuerpo perfumándolo de un extraño olor a azufre.
Estuvimos dos horas sentados en una terraza del barrio. No paré de hablar y ella no dejó de mirarme ni un solo segundo. Además hice que sonriera al menos un par de veces, cuando le conté que casi había quemado la iglesia y cuando me encendí un cigarro al revés y casi me quemo la cara. Al final, cuando ya me había dicho por vigésima vez que era muy tarde y que se tenía que ir, le cogí de la mano y le dije que era un personaje de un relato que había escrito y que me habían premiado. Entonces se echó hacia atrás soltándose de mi mano y yo le dije que olía a Nenuco y a limpio y que me gustaba mirarla. Que me parecía una mujer preciosa y que valía la pena estar allí aunque me hubiera gastado en perfumes, en menos de un mes, cuatrocientos cuarenta y ocho euros. Cuando se fundieron las palabras nos quedamos en silencio y después de unos segundos ella me preguntó de qué planeta había salido. Al principio no me lo tomé bien. Pensaba que se iba a levantar y además sin pagar. Me quedé en blanco y ella se incorporó y volvió a preguntármelo. No sabía qué contestar. Tenía varias opciones. Podía ser gracioso y cagarla. Podía encogerme de hombros y esperar a que ella dijera algo o podía decirle la verdad, que era del planeta Tierra pero que mi universo era un caos. Me decidí por la última y esperé temeroso algo que no deseaba oír. Entonces ella se colocó el pelo y sin dejar de mirarme cogió uno de mis cigarrillos, lo encendió dando una calada profunda y dijo: No sé de qué planeta eres pero me gustas. Quise llorar y para que no me viera lloré por dentro, aunque aquellas lágrimas enloquecieran mis células y acabaran provocándome, con el tiempo, un cáncer terminal. Estuvimos en silencio hasta que acabó su cigarrillo y después la acompañé hasta su casa. Al llegar al portal me dijo que quería leer ese relato donde ella era la protagonista y que si quería podía ir a buscarla al día siguiente a la perfumería. Yo me animé y le dije que si no le importaba que la abrazara y ella me dijo que no, vamos, que ese día no le apetecía abrazar a nadie y entonces le dije en broma que si no quería un abrazo tampoco querría un beso y ella me dijo que había acertado y entonces quise que la tierra me tragara llevándome hasta Nueva Zelanda de un golpe, pero no fue así y me quedé con cara de gilipollas mientras ella se perdía en su portal, un universo con una elipsis casi perfecta.
Al día siguiente, después de estar todo el día trabajando en mi proyecto de novela, me presenté a las nueve en punto en la perfumería. Me había echado tanto perfume que tenía ganas de vomitar y entre calada y calada me daban cuatro o cinco arcadas. Marisa no salió hasta las nueve y media. Me miró y sólo dijo: vamos a mi casa. No pasó nada. Cuando llegamos me hizo esperar en el salón mientras se duchaba. Luego preparó un par de montados de embutido de pavo y un par de cervezas. Nos los comimos sin decir palabra. Yo pensaba en desnudarme y en hacer el amor encima del sofá, no sin antes lucir el último modelo de calzoncillos Calvin Klein que había comprado para la ocasión. Recogió todo, volvió a sentarse y me pidió que le leyera el cuento. Una vez terminé me dijo que estaba cansada y que quería dormir y que si quería quedarme podía dormir en el sofá. No supe qué decirle. Ella se levantó y se fue a su habitación, yo me levanté y me fui a mi casa. Cuando me desperté por la mañana, sobre las diez, pensé en llamarla a la perfumería pero desistí. En realidad no sabía qué decirle. Ni siquiera sabía si me apetecía preguntarle si le había gustado el cuento. Estaba desconcertado. Una cosa estaba clara, Marisa era rara de cojones y la elipsis de su universo no era tan perfecta. ¿Por qué me había invitado a su casa? El cuento se lo podía haber leído en la terraza de cualquier bar ¿Por qué no me dijo que durmiera con ella? ¿Por qué un montado de pavo? Me fui a la estantería del salón y cogí El Proceso de Kafka. Echado en el sofá no paré hasta acabarlo. Siempre he leído rápido. Después me duché y me palpé los testículos y pensé que no había ningún tumor que frenara mis ansias por volver a estar con Marisa y que me diera una explicación. Así lo hice y a las nueve en punto estaba en la puerta de la perfumería. Esta vez me había puesto menos perfume y libre de arcadas me armé de valor. Como siempre Marisa salió tarde y no se sorprendió al verme caminar dando pequeños saltos para no pisar las líneas que cruzaban la acera. Me saludó y me preguntó si quería tomar algo con ella. Era el momento de darse a valer, o hacerse de rogar, naturalmente me hice el tío duro, puse cara de gánster y dándole una calada al cigarrillo… le dije que sí. Pedimos un par de cañas y durante los siguientes diez minutos no hablamos nada. Ella me miraba fijamente y como no podía sostenerle la mirada lo único que hacía era encender un cigarro tras otro, agachar la cabeza de vez en cuando y mover las piernas como un imbécil. De repente ella me preguntó si quería ir a su casa a follar. Yo estaba bebiendo en ese momento y un tercio de la cerveza que tenía en la boca acabó en su vestido estampado en forma de aspersor, otro tercio pasó directamente a mi pulmón derecho y el otro tercio me salió por la nariz en forma de espuma. Cuando volví a la vida le dije que sí, pero sonó muy apagado, como un hilo. Había estado a punto de ahogarme con una mierda de cerveza y mi voz salía de algún lugar no localizado. Aún así me recompuse y antes de decirle que sí y que lo oyera, porque lo deseaba con todas mis fuerzas, le pregunté si le había gustado el cuento. Se quedó en silencio unos segundos y mirándome un poco raro movió la cabeza de arriba a abajo. Después matizó. Mucho. Entonces le dije que sí. Ni cenamos ni bebimos nada. Fuimos a su habitación directamente. A oscuras nos desnudamos como si fuéramos un matrimonio a punto de extinguirse y nos metimos en la cama. Me besó dos veces y se colocó encima de mí. Luego me susurró al oído una frase ininteligible y comenzó a moverse despacio. Luego más deprisa, luego más despacio. Yo, mientras, pensaba en Hiroshima, en el mundial celebrado en España en el año ochenta y dos, no pasamos de octavos, en mi abuelo Lucas con su bañador de cuadros, chanclas, calcetines negros y su camiseta blanca de tirantes. Marisa empezó a gritar y a tirarme de los cuatro pelos que tenía en el pecho. Me dolió mucho aunque sirvió para que abandonara mis pensamientos tristes, hasta que al final empezó a blasfemar con los ojos en blanco. Me asusté y recordé la película Corazón de Ángel, donde Mickey Rourke hacía de detective. De repente frenó en seco. Se echó sobre la cama y me dijo que tenía que marcharme. Me vestí a oscuras y me largué pensando que Lucifer me había dado otra oportunidad. Nunca más volví a verla. Y cuando pasaba cerca de la perfumería un escalofrío me recorría el cuerpo perfumándolo de un extraño olor a azufre.
jueves 24 de noviembre de 2011
Ya lo digo un poco más abajo, está en obras
Me ha dao por ahí. Como nunca escribo dejo pegado un trozo de una especie de historia que estoy escribiendo de un tipo extraño que en este pasaje busca un pub llamado la perla negra. Novela es mucho decir pero yo a lo mío como el Zafón ese, que adelanta trozos y los lees en el metro, en la patilla de las gafas de una señora en la farmacia o en el papel higiénico de una cafetería con pedigrí. No hay obligación.
TiTuLo (En obras)
Salí a la calle y entré en el primer bar que encontré. Pedí una cerveza y una tapa que consistía en una corteza hueca y gigante rellana de ensaladilla rusa. Me gustó y pedí tres cervezas más con la misma tapa. El camarero me miró extrañado y para no parecer imbécil le dije que hacía años que no comía ensaladilla, que había estado estudiando diez años en un pueblo a las afueras de Reikiavik, la capital más septentrional del mundo, y que sólo había comido pescado, marisco y escrotos de carnero marinado. Como no había muchos clientes el camarero seguía allí clavado escuchándome y como yo estaba más solo que la una, menudo dicho más gilipollas, continué hablando. Le dije que había bebido mucho brennivín que era una bebida alcohólica que los islandeses elaboraban con la pulpa de la patata fermentada. Un hilillo de sangre asomó por el agujero derecho de la nariz del camarero así que me detuve. Pregunté cuánto debía, pagué y me marché. Las cervezas me habían sentado de miedo y me encontraba bien. Pensé en escribir un cuento esa misma noche con la anécdota del bar y mientras caminaba en dirección a ningún lugar imaginé un buen título. En la calle había un montón de gente. Paseé un buen rato. Vi las dos catedrales por fuera, claro, y la fachada estrecha y recargada de la Universidad, donde me detuve a observar como unas veinte personas torcían su cuello para descubrir la rana de la calavera. Casi todo eran parejas de excursionistas. Me sentí solo y quise dejar de respirar hasta que una joven con pinta de inocencia interrumpida me dijo algo en inglés que por supuesto no entendí. Entonces se acercó su amiga que chapurreaba algo de castellano y me pidió fuego. Aquellas dos chicas me habían salvado la vida sin saberlo. Me dio las gracias y yo les dije que las amaría eternamente, entonces me sonrieron y se perdieron por una calle estrecha. Miré la rana y pregunté a un hombre que daba indicaciones a todo el mundo si podía decirme dónde estaba la Perla Negra. Me miró y me dijo que el sólo sabía dónde estaba la rana que una perla negra entre aquellas majestuosas piedras era difícil de ver y que lo mejor que podía hacer era comprarme una guía y así no le tocaba más los cojones a nadie... ( Continuará... o no)
TiTuLo (En obras)
Salí a la calle y entré en el primer bar que encontré. Pedí una cerveza y una tapa que consistía en una corteza hueca y gigante rellana de ensaladilla rusa. Me gustó y pedí tres cervezas más con la misma tapa. El camarero me miró extrañado y para no parecer imbécil le dije que hacía años que no comía ensaladilla, que había estado estudiando diez años en un pueblo a las afueras de Reikiavik, la capital más septentrional del mundo, y que sólo había comido pescado, marisco y escrotos de carnero marinado. Como no había muchos clientes el camarero seguía allí clavado escuchándome y como yo estaba más solo que la una, menudo dicho más gilipollas, continué hablando. Le dije que había bebido mucho brennivín que era una bebida alcohólica que los islandeses elaboraban con la pulpa de la patata fermentada. Un hilillo de sangre asomó por el agujero derecho de la nariz del camarero así que me detuve. Pregunté cuánto debía, pagué y me marché. Las cervezas me habían sentado de miedo y me encontraba bien. Pensé en escribir un cuento esa misma noche con la anécdota del bar y mientras caminaba en dirección a ningún lugar imaginé un buen título. En la calle había un montón de gente. Paseé un buen rato. Vi las dos catedrales por fuera, claro, y la fachada estrecha y recargada de la Universidad, donde me detuve a observar como unas veinte personas torcían su cuello para descubrir la rana de la calavera. Casi todo eran parejas de excursionistas. Me sentí solo y quise dejar de respirar hasta que una joven con pinta de inocencia interrumpida me dijo algo en inglés que por supuesto no entendí. Entonces se acercó su amiga que chapurreaba algo de castellano y me pidió fuego. Aquellas dos chicas me habían salvado la vida sin saberlo. Me dio las gracias y yo les dije que las amaría eternamente, entonces me sonrieron y se perdieron por una calle estrecha. Miré la rana y pregunté a un hombre que daba indicaciones a todo el mundo si podía decirme dónde estaba la Perla Negra. Me miró y me dijo que el sólo sabía dónde estaba la rana que una perla negra entre aquellas majestuosas piedras era difícil de ver y que lo mejor que podía hacer era comprarme una guía y así no le tocaba más los cojones a nadie... ( Continuará... o no)
miércoles 19 de octubre de 2011
Estoy obsesionado con el Universo. Por eso, cuanto más leo, cuanto más me intereso por él más me alejo de nuestra verdad y menos me interesa quiénes somos y quién es dios. Nuestro mundo tal y como lo conocemos vive un momento desquiciante. Estamos afiliados, queramos o no, al esplendor de la miseria. Somos tan insignificantes y a la vez tan únicos y especiales que me sabe mal decirme a mí mismo que soy fruto de la nada, tan solo un milimétrico arañazo en la alfombra del tiempo. Pero mientras se fabrica ese arañazo puedo cagarme en la puta madre de Moody´s y Standard & Poor´s por ejemplo, o en el FMI, o en el BCE, o en las farmacéuticas y petroleras, o en las grandes fortunas que están cimentadas sobre sangre y muerte... Quiero decir que aunque seamos insignificantes, neutrinos del sistema, podemos cagarnos en la Luz y en la galaxia más perversa. Es una cuestión de querer, de sentir que ese arañazo que seremos sea digno de esa alfombra.
domingo 21 de agosto de 2011
CONTAD CONMIGO
Estoy aquí, y como dice la película, amanece que no es poco en este mar convulso, un mundo que duele. Comienzan mis vacaciones, 21 días y 21 gramos de felicidad (por convenio) frente a tantas y tantas toneladas de mierda, miseria y mentiras. Estoy cansado. Tengo la sensación de estar ante un estercolero lleno de trincheras. Un campo de batalla diseñado por diez o doce archipermultimillonarios hijos de la gran puta que juegan al Risk con nuestras vidas. Y tenemos gobiernos cobardes, da igual el color, que se arrodillan disputándose la obscenidad más original, la felación más duradera. Mientras, nosotros nos matamos por las migajas que caen de su última cena: Somalia, Irak, Palestina, Haití...............................................................................................
Grecia, Irlanda, Italia, España......................................................................................................... Dinero, dinero, dinero, hombres podridos de dinero, dinero, dinero, esclavos por el dinero, dinero, dinero, muertos, muertos y más muertos.
Y a todo esto, España: Retorcida, indignada, católica, laica, aconfesional, farisea, romana, franquista, progresista, beata, paleta, moderna. Con sus políticos: Arrogantes, necios, incultos, mentirosos, ladrones, medradores... Ya sé, no se puede generalizar, algunos habrá decentes e incluso que lloren esta puta vergüenza, lo siento también por ellos.
Me voy de vacaciones y estoy cansado. Por cierto, la visita del Papa me da igual. Quiero decir que para mí la religión es una cuestión de fe y a mí es un don que no me ha sido concedido. Lo que no me da igual es que utilicen mi dinero para hinchar su doctrina y encima me den lecciones de moral, la suya, que está a años luz de la que predicó el nazareno, sí, al que acompañaban mendigos y perseguidos, "perroflautas de Galilea". Respeto y libertad, tolerancia, respeto, libertad y tolerancia.... Para lo último, contad conmigo.
Grecia, Irlanda, Italia, España......................................................................................................... Dinero, dinero, dinero, hombres podridos de dinero, dinero, dinero, esclavos por el dinero, dinero, dinero, muertos, muertos y más muertos.
Y a todo esto, España: Retorcida, indignada, católica, laica, aconfesional, farisea, romana, franquista, progresista, beata, paleta, moderna. Con sus políticos: Arrogantes, necios, incultos, mentirosos, ladrones, medradores... Ya sé, no se puede generalizar, algunos habrá decentes e incluso que lloren esta puta vergüenza, lo siento también por ellos.
Me voy de vacaciones y estoy cansado. Por cierto, la visita del Papa me da igual. Quiero decir que para mí la religión es una cuestión de fe y a mí es un don que no me ha sido concedido. Lo que no me da igual es que utilicen mi dinero para hinchar su doctrina y encima me den lecciones de moral, la suya, que está a años luz de la que predicó el nazareno, sí, al que acompañaban mendigos y perseguidos, "perroflautas de Galilea". Respeto y libertad, tolerancia, respeto, libertad y tolerancia.... Para lo último, contad conmigo.
viernes 5 de agosto de 2011
INVITACIÓN
Me han invitado a colaborar todos los miércoles de agosto de 18 a 18,30, aproximadamente, en el el programa "En casa de Herrero" es.Radio . Estaré con Nuria Richart hablando de relatos. Y ya que pongo esto dejo también algo en el blog ¿no?
LA MINESTRA SI FREDDA
Lloraré por lo que nunca existió
y consciente de estar vencido
esperaré en vano a un dios impuntual.
Este descampado de ideas no puede
representar aquello que no se comprende.
Todo vale, nada queda.
De lo tuyo Leonardo
me enamora cuanto obviaste.
Me has invitado a tu última cena
y se me enfría la sopa.
Poema publicado en Infierno Sostenido por El Gaviero Ediciones (2006)
LA MINESTRA SI FREDDA
Lloraré por lo que nunca existió
y consciente de estar vencido
esperaré en vano a un dios impuntual.
Este descampado de ideas no puede
representar aquello que no se comprende.
Todo vale, nada queda.
De lo tuyo Leonardo
me enamora cuanto obviaste.
Me has invitado a tu última cena
y se me enfría la sopa.
Poema publicado en Infierno Sostenido por El Gaviero Ediciones (2006)
sábado 21 de mayo de 2011
Fuck you I won´t do what you tell me
A este emperador al que todos alabamos,
-invisible sistema que nos pudre y envilece-,
hay que darle muerte sin culpa.
Mis átomos te odian
buscando los placeres de tu vientre,
y mi esperanza es hielo en el desierto
porque los hombres compran tu castigo
y lo consumen postrados rezándote.
Fabricaste iglesias
-prostíbulos de la memoria-,
fabricaste dinero
-tu cordón umbilical-,
fabricaste política
-yugo eterno-,
fabricaste hambre
-los muertos no dan pena-,
fabricaste ritos
-ventanas de cocaína para suicidarnos-.
Mis átomos te odian
porque ellos te crearon.
Pero... ¿Cómo huir de ti y tus pecados?
¿Cómo soltar este pesado lastre?
¿Cuántas resurrecciones nos aguardan?
Sistema, mi pensamiento es obrero
de jornada completa,
pero me sobran noches para decirte:
Jódete, no pienso hacer lo que me digas.
Poema del libro Infierno Sostenido publicado en el Gaviero Ediciones (2006)
-invisible sistema que nos pudre y envilece-,
hay que darle muerte sin culpa.
Mis átomos te odian
buscando los placeres de tu vientre,
y mi esperanza es hielo en el desierto
porque los hombres compran tu castigo
y lo consumen postrados rezándote.
Fabricaste iglesias
-prostíbulos de la memoria-,
fabricaste dinero
-tu cordón umbilical-,
fabricaste política
-yugo eterno-,
fabricaste hambre
-los muertos no dan pena-,
fabricaste ritos
-ventanas de cocaína para suicidarnos-.
Mis átomos te odian
porque ellos te crearon.
Pero... ¿Cómo huir de ti y tus pecados?
¿Cómo soltar este pesado lastre?
¿Cuántas resurrecciones nos aguardan?
Sistema, mi pensamiento es obrero
de jornada completa,
pero me sobran noches para decirte:
Jódete, no pienso hacer lo que me digas.
Poema del libro Infierno Sostenido publicado en el Gaviero Ediciones (2006)
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