sábado, 18 de febrero de 2012

No sé hacia dónde va esto

La librería tiene seis plantas contando el sótano, donde está el almacén. El dueño no ha pasado por aquí en la vida, sé quién es por la prensa y la televisión. A cargo de la tienda hay un director, un subdirector y cinco jefes, a cual más inútil. Después estamos nosotros, treinta empleados que vendemos, limpiamos y colocamos libros en el almacén. Allí podía haber más de cien mil libros perfectamente colocados. Tengo que decir que conozco a la perfección cada rincón de pared, cada centímetro de chapa de sus estanterías. Visualizo al milímetro el grosor del libro que llega con el hueco libro que queda. Es una virtud que nació mientras hacia el servicio militar y gastaba las horas jugando al tetris en la cantina del cuartel. También sé qué formato
de libro me va a arañar la piel y qué parte del filo de las baldas me cortará, aunque después de tanto tiempo en esta tienda los peores arañazos y cortes los tengo... Conozco los libros, los de pasta dura y pasta blanda, los de bolsillo y gran formato, las novedades y los de saldo, los que pesan y no pesan, los que se pueden y se dejan leer y los que no se pueden leer aunque se dejen.
No he subido al botiquín todavía, a pesar de haber padecido varias enfermedades: anemia de Fanconi, hemiatrofia facial, paludismo, tres tumores distintos, pulmón cerebro y rodilla y dos infartos de miocardio. Los infartos se pasaron rápido porque siempre tenía a mano una aspirina. Peor fue lo del tumor cerebral, me pasaba las horas declamando un trabalenguas para observar su crecimiento: “Pablito clavó un clavito, qué clavito clavó Pablito” También he sufrido accidentes, producto de mi actitud ante los volúmenes que entraban los martes y se devolvían los jueves de esa misma semana. Una vez se me cayó desde la última estantería, unos tres metros, Olvidado Rey Gudú de Ana María Matute. Un libro de pasta dura, compacto y bien encuadernado que pesaba, al menos, un kilo. Los libros nunca se caen de plano y éste no iba a ser menos. En el mismo instante de impactar con el canto negro sobre mi dedo gordo del pie derecho estaba colocando la Ilíada entre la Odisea y los Nueve Libros de la Historia, de Herodoto. Al cortárseme la respiración se me giraron los ojos trescientos sesenta grados y noté cómo el nervio óptico, de ambos, se transformaba en una rasta diminuta. Pensé que iba a morir y después me acordé de los padres de Ana María Matute y de por qué había escrito aquel pedazo de novelón enladrillado con lo bien que escribía cuentos de diez páginas. Mientras pensaba el dedo gordo conquistaba cada rincón de mi zapato y un dolor horrible y marrullero recorría mi cabeza. Creo que me desvanecí y me desmaye, o no.
Otro de los accidentes se produjo cuando me atropellé a mí mismo con un carro de la compra. Es difícil de explicar pero ocurrió. Aquella mañana habíamos recibidos dos palés de mercancía. Después de pelarlos, las editoriales suelen mandar los libros en cajas y a su vez retractilados con violencia, y colocarlos en sus respectivos muebles, por editorial y orden alfabético del autor, llené un carro con los ejemplares sobrantes que parecía una obra faraónica del Exin Castillos. Me dirigía al montacargas para bajarlos al almacén guiando el carro con la mano izquierda mientras sujetaba con la derecha una edición mimada y exquisita de la Metamorfosis de Kafka. Iba absorto leyendo la contraportada: “Una mañana, al despertar de un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se encontró en la cama transformado en un insecto monstruoso…” cuando en un segundo el carro viró hacia la derecha. Las ruedas de los carros metálicos de las tiendas tienen un sistema robotizado que hace girar las ruedas a la derecha o a la izquierda según se le ponga en los cojones. La mala suerte empujó hacia las escaleras mecánicas de bajada, entonces solté el libro de la cucaracha humana, que en ese momento no me pareció una de las ficciones más célebres de la literatura del siglo XX. Con la mano izquierda libre mantuve con fuerza la parte delantera, que ya se inclinaba como la proa del Titanic, pero no podía detenerlo así que intenté frenarlo con el pie. Craso error porque me quedé enganchado en las varillas delanteras. Entonces el carro se inclinó más todavía y se quedó sobre mí cayendo al infinito de la planta de abajo. Fueron cuatro segundos angustiosos golpeándome la cabeza con los escalones estriados y cayendo libros a diestro y siniestro. Al llegar a nuestro destino el carro me pasó por encima y una de las ruedas traseras me recorrió el cuerpo dejándome vía y andén en toda la anatomía. No me desmayé ni sangré pero me dolía mucho el susto. En el suelo, una alfombra de libros parecían reírse de mí y dentro del carro tres libros suspiraban de alivio: La Máquina de follar, de Bukowski; Corazón Tan Blanco, de Javier Marías y Carrie, de Stephen King. Ese mismo día, al acabar mi turno, compré los tres libros. En aquel momento pensé que el azar era más certero que muchos críticos literarios.

3 comentarios:

Paz Cornejo dijo...

Me ha encantado. Eres un genio combinando humor y tragedia. Jajaja. Un abrazo.

Marisa dijo...

Reconozco que he tenido que buscar retractilado en el diccionario. Salud☺s

Teresa J. dijo...

Bellisimo articulo,para muchos el azar no existe para otros si,lo dejamos a criterio de cad uno,.de los tre ,libros que has mencionado uno lo he leido me faltan leer los otros dos.Un abrazo .Teresa J.