lunes, 6 de febrero de 2012

Más trozos...

Mil euros. Una vez cobrados volví a invertirlos inmediatamente. Una parte para pagar a mis padres dinero que les debía, otra para seguir aumentando mi biblioteca, para escaparme yo solo un fin de semana y para invitar a Marisa. Lo último costó un poco más porque yo ya no estaba en la nómina del Vaticano y eso restaba puntos. Era de nuevo un infiel, un hereje. Pero lo del premio podía dar juego. Sólo tenía que armarme de valor y entrar en la perfumería, comprar un perfume caro y dejarme ver. Así fue como lo hice pero siete veces. Siete veces que compré el mismo perfume de hombre al módico precio de sesenta y cuatro euros. Todo sucedió el séptimo día. Dios descansó y yo también, porque Marisa se fijó en mí y yo pude desplegar todo mi armamento y convencerla para que quedara conmigo a tomar un café cuando saliera de trabajar.
Estuvimos dos horas sentados en una terraza del barrio. No paré de hablar y ella no dejó de mirarme ni un solo segundo. Además hice que sonriera al menos un par de veces, cuando le conté que casi había quemado la iglesia y cuando me encendí un cigarro al revés y casi me quemo la cara. Al final, cuando ya me había dicho por vigésima vez que era muy tarde y que se tenía que ir, le cogí de la mano y le dije que era un personaje de un relato que había escrito y que me habían premiado. Entonces se echó hacia atrás soltándose de mi mano y yo le dije que olía a Nenuco y a limpio y que me gustaba mirarla. Que me parecía una mujer preciosa y que valía la pena estar allí aunque me hubiera gastado en perfumes, en menos de un mes, cuatrocientos cuarenta y ocho euros. Cuando se fundieron las palabras nos quedamos en silencio y después de unos segundos ella me preguntó de qué planeta había salido. Al principio no me lo tomé bien. Pensaba que se iba a levantar y además sin pagar. Me quedé en blanco y ella se incorporó y volvió a preguntármelo. No sabía qué contestar. Tenía varias opciones. Podía ser gracioso y cagarla. Podía encogerme de hombros y esperar a que ella dijera algo o podía decirle la verdad, que era del planeta Tierra pero que mi universo era un caos. Me decidí por la última y esperé temeroso algo que no deseaba oír. Entonces ella se colocó el pelo y sin dejar de mirarme cogió uno de mis cigarrillos, lo encendió dando una calada profunda y dijo: No sé de qué planeta eres pero me gustas. Quise llorar y para que no me viera lloré por dentro, aunque aquellas lágrimas enloquecieran mis células y acabaran provocándome, con el tiempo, un cáncer terminal. Estuvimos en silencio hasta que acabó su cigarrillo y después la acompañé hasta su casa. Al llegar al portal me dijo que quería leer ese relato donde ella era la protagonista y que si quería podía ir a buscarla al día siguiente a la perfumería. Yo me animé y le dije que si no le importaba que la abrazara y ella me dijo que no, vamos, que ese día no le apetecía abrazar a nadie y entonces le dije en broma que si no quería un abrazo tampoco querría un beso y ella me dijo que había acertado y entonces quise que la tierra me tragara llevándome hasta Nueva Zelanda de un golpe, pero no fue así y me quedé con cara de gilipollas mientras ella se perdía en su portal, un universo con una elipsis casi perfecta.
Al día siguiente, después de estar todo el día trabajando en mi proyecto de novela, me presenté a las nueve en punto en la perfumería. Me había echado tanto perfume que tenía ganas de vomitar y entre calada y calada me daban cuatro o cinco arcadas. Marisa no salió hasta las nueve y media. Me miró y sólo dijo: vamos a mi casa. No pasó nada. Cuando llegamos me hizo esperar en el salón mientras se duchaba. Luego preparó un par de montados de embutido de pavo y un par de cervezas. Nos los comimos sin decir palabra. Yo pensaba en desnudarme y en hacer el amor encima del sofá, no sin antes lucir el último modelo de calzoncillos Calvin Klein que había comprado para la ocasión. Recogió todo, volvió a sentarse y me pidió que le leyera el cuento. Una vez terminé me dijo que estaba cansada y que quería dormir y que si quería quedarme podía dormir en el sofá. No supe qué decirle. Ella se levantó y se fue a su habitación, yo me levanté y me fui a mi casa. Cuando me desperté por la mañana, sobre las diez, pensé en llamarla a la perfumería pero desistí. En realidad no sabía qué decirle. Ni siquiera sabía si me apetecía preguntarle si le había gustado el cuento. Estaba desconcertado. Una cosa estaba clara, Marisa era rara de cojones y la elipsis de su universo no era tan perfecta. ¿Por qué me había invitado a su casa? El cuento se lo podía haber leído en la terraza de cualquier bar ¿Por qué no me dijo que durmiera con ella? ¿Por qué un montado de pavo? Me fui a la estantería del salón y cogí El Proceso de Kafka. Echado en el sofá no paré hasta acabarlo. Siempre he leído rápido. Después me duché y me palpé los testículos y pensé que no había ningún tumor que frenara mis ansias por volver a estar con Marisa y que me diera una explicación. Así lo hice y a las nueve en punto estaba en la puerta de la perfumería. Esta vez me había puesto menos perfume y libre de arcadas me armé de valor. Como siempre Marisa salió tarde y no se sorprendió al verme caminar dando pequeños saltos para no pisar las líneas que cruzaban la acera. Me saludó y me preguntó si quería tomar algo con ella. Era el momento de darse a valer, o hacerse de rogar, naturalmente me hice el tío duro, puse cara de gánster y dándole una calada al cigarrillo… le dije que sí. Pedimos un par de cañas y durante los siguientes diez minutos no hablamos nada. Ella me miraba fijamente y como no podía sostenerle la mirada lo único que hacía era encender un cigarro tras otro, agachar la cabeza de vez en cuando y mover las piernas como un imbécil. De repente ella me preguntó si quería ir a su casa a follar. Yo estaba bebiendo en ese momento y un tercio de la cerveza que tenía en la boca acabó en su vestido estampado en forma de aspersor, otro tercio pasó directamente a mi pulmón derecho y el otro tercio me salió por la nariz en forma de espuma. Cuando volví a la vida le dije que sí, pero sonó muy apagado, como un hilo. Había estado a punto de ahogarme con una mierda de cerveza y mi voz salía de algún lugar no localizado. Aún así me recompuse y antes de decirle que sí y que lo oyera, porque lo deseaba con todas mis fuerzas, le pregunté si le había gustado el cuento. Se quedó en silencio unos segundos y mirándome un poco raro movió la cabeza de arriba a abajo. Después matizó. Mucho. Entonces le dije que sí. Ni cenamos ni bebimos nada. Fuimos a su habitación directamente. A oscuras nos desnudamos como si fuéramos un matrimonio a punto de extinguirse y nos metimos en la cama. Me besó dos veces y se colocó encima de mí. Luego me susurró al oído una frase ininteligible y comenzó a moverse despacio. Luego más deprisa, luego más despacio. Yo, mientras, pensaba en Hiroshima, en el mundial celebrado en España en el año ochenta y dos, no pasamos de octavos, en mi abuelo Lucas con su bañador de cuadros, chanclas, calcetines negros y su camiseta blanca de tirantes. Marisa empezó a gritar y a tirarme de los cuatro pelos que tenía en el pecho. Me dolió mucho aunque sirvió para que abandonara mis pensamientos tristes, hasta que al final empezó a blasfemar con los ojos en blanco. Me asusté y recordé la película Corazón de Ángel, donde Mickey Rourke hacía de detective. De repente frenó en seco. Se echó sobre la cama y me dijo que tenía que marcharme. Me vestí a oscuras y me largué pensando que Lucifer me había dado otra oportunidad. Nunca más volví a verla. Y cuando pasaba cerca de la perfumería un escalofrío me recorría el cuerpo perfumándolo de un extraño olor a azufre.

4 comentarios:

CarLitros dijo...

Y te dieron un don, primo Óscar. El de la palabra hermosa y concisa por igual, para que los demás podamos deleitarnos día tras día con tus relatos.
Que te echo de menos ya lo sabes.

Un abrazo enorme.

Marisa dijo...

jajajaja descubierto tu blog, me estoy poniendo al día, saludos

Óscar Santos Payán dijo...

Gracias primo, yo también te echo de menos. Mucha fuerza para tus piernas. Besos

Gracias Marisa, besos

Elena A. dijo...

Un bonito relato,me ha gustado mucho de principio a fin,espero que todavia te quede algun frasco de perfume,ja,ja.ja. Optimo post.Elena A.